Hacía años que no nos veíamos y esa noche por un capricho retorcido del destino nos volvimos a encontrar. Yo no quería verlo, durante largo tiempo había procurado evitar este encuentro, porque sabía que si lo volvía a tener enfrente, el calor que llevaba dormido en mi interior despertaría con furia y seria imparable.
Pero mis intentos fueron inútiles. Ya estaba allí frente a mí sonriéndome con esa boca que tantas veces me había besado hasta alcanzar el clímax. Cómo olvidar sus manos recorriendo mi piel, su lengua enredándose con la mía y su sexo penetrando mi vulva mojada por su saliva… Al instante todas esas vivencias se me vinieron a la mente, el corazón comenzó palpitar como una turba de galopes y noté como el ávido flujo se colaba entre mis diminutas bragas.
Me abrazó y pude oler su perfume, ese aroma a almizcle dulce mezclado con su esencia de hombre… Un escalofrío me recorrió la espalda y al instante me perdí en sus profundos ojos negros. Ya no tenía voluntad, orden ni discernimiento, el mundo se había detenido… éramos solo él y yo.
No tardamos mucho en aproximarnos más de la cuenta para terminar apasionados y enroscados entre los besos más calientes. El fuego era incontenible por lo que decidimos dejarlo todo para hospedarnos en un albergue de alquiler. Ya camino al motel la situación se pasaba de todo límite, el intentaba manejar el coche mientras yo jugaba con su entrepierna, primero por fuera y luego bajo el pantalón.
Cuando al fin saqué su verga erecta de entre la cremallera la engullí hasta el fondo mientras tocaba mi vagina con una de mis manos. No le di tiempo a que se resistiera por lo que tuvo que aparcar el coche para evitar un accidente, nos quedamos a un lado del camino hasta que se la mamé por completo haciendo que su semen brotara a borbotones y salpicara mis pechos semi desnudos.
Ya en destino él rasgó literalmente la poca ropa que aun me quedaba puesta y me acorraló contra una pared, con una fuerza descomunal elevó mis piernas, me sostuvo por las nalgas y desesérado corrió mis bragas para insertar su verga. Se me hacía agua la boca al sentirlo entrando y saliendo de mi cuerpo, su rostro perdido entre mis pechos y su respiración acelerada me consumían. Aun hoy cuando recuerdo esa escena no puedo evitar masturbarme para revivir un retazo de la increíble satisfacción que me daba el tenerlo dentro.
La cama se quejaba como un animal azotado, parecía quebrarse bajo el bamboleo imparable de nuestros sexos. Tumbada de espaldas y con las piernas sobre sus hombros le abría mi vulva con los dedos e introducía su pene bien despacito a la vez que con la palma de la mano masajeaba mi clítoris. El me tomaba por los pechos como si fueran riendas, los amasijaba, apretaba y manoseaba mientras decía cuánto los había extrañado.
Yo intentaba contener los espasmos musculares aferrándome a las sábanas que quedaban descocidas entre mis manos; a pesar del tiempo él no había olvidado qué era lo que me hacía enloquecer y usaba todo lo que tuviera a su alcance para desarmarme y dejarme sin aliento. Su pene latía dentro de mis entrañas que se contorsionaban e intentaban contenerlo a toda costa mientras yo degustaba el salitre de sus dedos lamiéndolos como si estuvieran cubiertos de miel. Podía sentir cómo su verga se hinchaba y su cuerpo tenso se acercaba más al mío. El apuró mi orgasmo, quería que gozáramos a la par y así lo hicimos.
Reclinado levemente hacia atrás y sin despegar su sexo del mío, con el mágico pulgar me elevó hasta la cima más alta del placer y al momento de percibirme sudada, ruborizada y agitada soltó la furia contenida en su miembro expulsando su leche entre mis piernas.
Durante las dos horas la vieja habitación nos sirvió de cobijo no paramos ni un momento, recuperamos el tiempo perdido y nos despedimos por la distancia que nos volvería a separar.
-Ojalá nos volvamos a encontrar me dijo suavemente…, luego fue un beso y el adiós que me regresó a la realidad.