El agua cálida me envolvía por completo pero no conseguía apaciguar los latidos acelerados de mi corazón. El contacto con su piel caliente me estremecía y el caprichoso deslizar de nuestros cuerpos húmedos -que se movían al ritmo del placer- me sumía en un trance erótico, un estado tan insondable que llegaba a rozar lo hipnótico.
Estaba en verdad perdida dentro de sus profundos ojos, abandonada a la suerte de su boca y sofocada por el fuego de su lengua. Mis manos, palmo a palmo, recorrían su anatomía mientras inspeccionaban como un ciego las curvas de su cuerpo para plasmar a fuego su forma en mi memoria.
Mi respiración acelerada se compaginaba con las embestidas de su sexo. Hundía mis uñas en su carne, quería tomarlo, sentirlo mío, siempre allí, cada vez más dentro de mí. Un surco plateado dejaba mi lengua hambrienta que bebía las gotas de agua y sudor de su piel, recorría su pecho y mordisqueaba su pecho, para luego descender a su pelvis y detener mi camino ante sus ojos.
Con una perversa sonrisa me encaminaba más allá del límite del bien y el mal, cruzaba la frontera de todo pudor para llegar a la gloria. Él se recostaba y ofrecía su esencia al placer de mi boca, con los labios suaves recorría su sexo al que lamía con esmero, lo tomaba entre mis manos para engullirlo y envolverlo como una vaina hecha a su medida.
Con las manos tensas se aferraba a mis cabellos y sus dedos se enroscaban en ellos para sujetarme y acercarme más y más a su interior, hacia el centro mismo del éxtasis, hacia su esencia de hombre.
Yo quería ser destrozada por sus brazos, deseaba perderme entre su carne, fundirme con su piel; ser él y ser yo al mismo tiempo. Sabía que todo era una mentira, una ilusión prohibida, pero la debilidad dominaba mis impulsos; mi mente estaba aislada y era sólo el fuego quien controlaba mis movimientos.
Me entregaba a él por entero, anhelaba sufrir por el flagelo de su carne, de su lengua y de sus manos. Él me tomaba y yo agonizaba, le petit mort* una y otra vez sacudía mis entrañas, electrizaba cada fibra de mi cuerpo y desvanecía mi mente. El aire se escapaba de mis pulmones en cortos y acelerados gemidos, con la espalda arqueada y los músculos tensos como rocas me desarmaba entre sus garras.
El me poseía, me dominaba, me envolvía y hacía suya. Todo mi ser rebalsaba de su esencia mientras yacía pegado bajo el suyo, entregado y abierto recibiendo su carne, su sexo y toda su hombría.
El agua seguía cayendo, mojándome… haciéndome reaccionar y sucumbir a la vez. Lo observaba y lentamente me desvanecía ante sus caricias; estaba fuera de mí, perdida en otro rumbo del que no quería regresar; me hallaba en el umbral de un mundo tan placentero como peligroso, tan sensual como adictivo. Él era como un trance que masturbaba mi mente y mi cuerpo, me reconocía y nadaba dentro de mí, sintiéndome, descubriéndome y apoderándose de mi voluntad.
Esa noche había conseguido provocar lo que a nadie muestro en la intimidad, el estaba satisfecho… había alcanzado su cometido derrumbando el muro que me salvaguardaba. Cuando se hubo rendido sobre mi piel, regodeándose con la grieta que había dejado en mí y hundiendo sus fauces entre mis pechos, lo miré a los ojos y le pregunté si existía el amor, pero él no se dignó a contestar.
*En Francia se les dice Petit Mort a la fugaz pérdida de conciencia después del orgasmo.